12.2.11

Eraserhead, de David Lynch

Había una vez un joven director de cine que con dos o tres cortos bajo el brazo se decidió a filmar su primer largometraje. Había una vez un treintañero tortuoso llamado David Lynch.
Eraserhead ("Cabeza borradora"), de 1977, es la historia de un gris pero intrincado personaje de los suburbios que, en medio de una jornada memorable, luego de un pesadillesco almuerzo junto a la familia de su novia, se entera de que será padre. Tiempo después el bebé nace, y ahí comienza el rock and roll.
Porque el bebé de marras es un dulce mutante, especie de feto sobredesarrollado sin miembros y con un agujero al que podríamos llamar boca, por el que sale un interminable e insoportable llanto que tortura noche y día a los nuevos padres, provocando crisis explícitas y otras de mayor profundidad aunque menos expresión.
Lynch debutó con todo, y el embrión evacuado que supone el omnipotente ser hecho a base de FX de bajo presupuesto, representa de manera perfecta e incipiente esa mayúscula deformidad llena de coherencia que es la obra del director.
Al personaje, igual que al resto de las criaturas principales de los films de Lynch, lo persigue un nubarrón de malos momentos con una raíz establecida en lo más profundo de su cavernosa personalidad. Aquí esa tormenta es palpable y se encuentra nada menos que al lado de la cama, sonando en forma permanente y amplificando los dolores más allá del límite de la demencia.
La diferencia con el resto de los trabajos de Lynch es que el guión no llega a los laberínticos pasadizos de obras como Blue Velvet, Lost Highway o Mulholland Drive, pero el
entonces debutante director se las arregla para llegar al final sembrando una horrible sensación de congoja ante lo desconocido y de duda ante el propio ser, ese en el que don David sabe escarbar como nadie.
En síntesis: un bebé deforme y horriblemente insufrible, una novia/madre salida del túnel del horror, unos suegros que le hacen honor al amargo contexto de desolación, y un freak a tiempo completo perdido en su propio mundo de rareza y dolor... Un festín a la Lynch, digamos, y muy bien aderezado.

Daniel Castelo.

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