No hay palabras de admiración que alcancen para describir a cualquiera de las películas del querido Clint. Si es que existe un cine “tarantinesco”, “almodovariano” y hasta “burtoniano”, ¿no es momento de hablar de un cine “eastwoodiano”?
Puede parecer trillado si empiezo a contar su historia, pero si escuchamos viejo-viudo-insoportable-tiene-nuevo-vecino-chino-al-que-lo-persigue-una-pandilla-y-él-sale-a-ayudarlo… ¿te parece conocido? Es cierto que quizás no atrae demasiado, pero en este caso estamos ante una lección de buen cine.
El pulso y el ritmo que tiene Clint Eastwood para contar una historia como director es impecable. Sus películas están bien contadas y en esta esa característica está más que presente.
La cosa es simple; hay una trama, se presentan los personajes, se genera el conflicto y hay una conclusión. ¿Cuesta tanto llegar a eso? Podrán decir que este guión es fácil, y puede que sea así. Pero el viejo le saca lustre a la historia y no la exprime hasta decir basta. Dibuja personajes por aquí y allá que se entremezclan para dar paso a las consecuencias de las acciones de cada uno.
Además, este superhombre no sólo hace bien las cosas detrás de cámara sino que actúa de la hostia. Es cierto, un personaje a medida pero no por eso deja de sorprender con la composición de un viejo cascarrabia, racista, intolerante pero de buen corazón. Y la rompe. Realemente la rompe.
Obviamente como toda película de Clint los rubros técnicos son inobjetables, y las locaciones y la fotografía refuerzan esa idea de barrio alejado de jubilados yankees en medio de la gloria pasada de la industria automotriz norteamericana, de la cual sólo queda un auto ford modelo Gran Torino que forma la perfecta metáfora de la situación del personaje frente al nuevo entorno de su vida.
Quizá se podría objetar cierta flojera actoral en el discípulo encarnado en el joven oriental que no tiene rumbo y sólo con la ayuda de su vecino puede salir adelante. Igualmente la combinación excelente de drama, comedia y la reflexión sobre las acciones pasadas y la tolerancia como sentido de humanidad logran darle al film un resultado excelente.
FREAK
Patricio Kozow.
Gran Torino EE.UU. / Australia. 2008. 116´ Dirección Clint Eastwood. Guión Nick Schenk. Montaje Joel Cox & Gary Roach Fotografía Tom Stern. Música Kyle Eastwood & Michael Stevens. Con Clint Eastwood, Christopher Carley, Brian Haley, Bee Vang, Ahney Her, Dreama Walker.
Bonus Track / Bancando al viejo Clint, por Daniel Celina
Hablar de un sujeto/personaje con una moral tan férrea y unas convicciones tan inquebrantables como para despotricar con suma tranquilidad respecto a etnias -que no son las suyas- y la necesidad de sumirlas en un más que merecido enjambre de balas de ser preciso, puede tornarse preocupante teniendo en cuenta los últimos sucesos de público conocimiento en Argentina (recordar a la señora Susana Giménez Aubert y sus fogosas declaraciones) y sus consecuencias directas sobre el televidente/espectador.
La comunicadora/artista Giménez Aubert se desenvuelve como pez en el agua en su medio (la TV, por supuesto) así como el artista Eastwood lo hace en el suyo (el Cinema) y ambos son dignos de aplauso y mérito en lo suyo, rechifla intelectual mediante, por las cuestiones que al lector quieran ocurrírsele.
El señor Eastwood bien podría haberse ganado el odio ó el rechazo de la platea freak por el sólo hecho de ser un acérrimo republicano confeso. Ahora bien, ¿realmente merece rechazo y odio un republicano confeso? ¿Alinearlo directamente por detrás del señor Bush y su demente política asesina sería una opción acertada e inteligente?
La periodista Moira Soto escribió alguna vez respecto a Kevin Costner y comentó en su artículo que -amén de ser un republicano acérrimo- el buen Kevin realizó un hermosísimo alegato a favor de los nativos americanos en su colosal Dances With Wolves. Aquí uno puede sacar al progresista cinematográfico interior diciendo que si alguien como Palito Ortega decide realizar una epopeya cinematográfica a favor de los Wichis ó los Yamanas y dicha epopeya recogiera lauros a través del globo, esa simple acción no lo haría desprenderse jamás en nuestros inconscientes freak-colectivos de su simpatía con el régimen de facto que asoló a la República, y no precisamente la de los Sith.
En realidad, Eastwood puede hacernos enojar más por su comentario sarcástico respecto a los hermanos Wachowski y su hermetismo new-age (“Esto no es Río Místico Reloaded” dijo refiriéndose a la presentación de dicho film en Cannes) que por su asociación a un partido político que tiene más años que George W. Bush.
Mas lo que sucede con Eastwood, al contrario de Ortega y Giménez Aubert, es que a él casi-siempre le sale bien cualquier cosa. Hasta podríamos sugerir que escupe discurso -de un modo muy listo- a través de sus personajes porque sabe que de ese modo nadie podrá caerle encima. Ya no se encuentra bajo el ala de Don Siegel y John Milius para esgrimir alguna excusa tonta respecto a por qué hace lo que hace y piensa lo que piensa y (a dios gracias) dice lo que dice.
Nos sobrecoge que lo haga, nos gusta y le perdonamos todo porque en el maravilloso mundo del cine acudimos en tropel a regodearnos y fascinarnos con visiones y discursos ajenos -que quizá incorporemos como propios alguna vez, quizá no- y tenemos la suerte de no tener porqué tragarnos discursos que vanagloricen la pena de muerte si no deseamos hacerlo. Podemos retirarnos de la sala.
La TV, más allá de su incomprensible gracia de transmitirnos gratis (chiste) nos expone a escuchar discursos de mano dura con una liviandad que el cinema no permitiría jamás excepto que de eso se tratase y el público concurra con ganas de escucharlo. Y en la TV, si el discurso no nos gusta y decidimos cambiar de canal tampoco es fácil, por que un notición de ese estilo es replicado cuantas veces sea preciso (sobre todo si es emitido por una personalidad del espectáculo).
En cambio, si estamos en el cine y no estamos de humor para apreciar a un Clint Eastwood machista y paladín de la mano dura haciendo justicia por mano propia en una causa que involucra a los coreanos que alguna vez odió por culpa de un conflicto bélico más antigüo que su perra labradora, nos levantamos y nos vamos al demonio, pues nuestra entrada/taquilla involucra estar en desacuerdo con ello y demostrar nuestro desprecio retirándonos antes de que las luces se enciendan.
No nos ha sucedido aún.
Suponemos que en algún punto el discurso cinematográfico de Clint Eastwood nos regocija más que el televisivo de estos días. Y deslumbra nuestros sentidos (pues filma muy bien). Además, en Gran Torino el personaje de Clint le hace fuck you a toda su apelmazada familia regalándole el bestial vehículo de colección del título a un coreano de bajos recursos que lo único que hizo fue... caerle bien y quedarse chito. No estamos en condiciones de afirmar que Su Gimenez sea capaz de hacer algo similar.


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